* MICHAEL J. ARD: es segundo secretario, sección política, embajada de los E.E.U.U., Caracas, Venezuela. El Dr. Ard ha servido como analista político para el gobierno de los E.E.U.U. desde 1997.

 

 

http://www.culturewars.com/CultureWars/Archives/cw_recent/legalization.html

 

Los Reyes de la Legalización de la droga:

Una investigación sobre su papel en las guerras de culturas

 

¿Quiénes son los que claman por la despenalización de los narcóticos ilegales y cuales son sus objetivos reales?

 

Las respuestas lo sorprenderán. 

 

 

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* Por Michael J. Ard

 

Siendo un niño en edad preescolar en su Nueva Orleans natal, vio con horror cómo un vecino se pinchaba el brazo con una dosis de heroína. Y a medida que crecía, se sucedieron escenas aun más terribles: apuñalamientos por motivos de drogas, peleas con armas de fuego y las muertes de amigos por sobredosis. Su barrio, French Quarter, dejó de ser un lugar abierto y amigable y se convirtió en una especie de prisión inversa, en la cual la gente decente se encerraba tras las rejas de sus ventanas y puertas mientras los delincuentes y adictos deambulaban libremente.  

 

"Esto es lo que me formó realmente”, dice Wayne J. Roques, actualmente un experto de la DEA que ha trabajado durante 26 años protegiendo a la gente de los peligros de las drogas ilegales. Ha librado la guerra contra la droga en muchos frentes destruyendo a abastecedores, promoviendo programas de prevención y tratamiento, y llevando adelante la guerra de palabras a través de numerosas cartas del lector. Sin embargo, a pesar de los éxitos de la DEA para combatir esta dificultad, Roques se lamenta que el problema del abuso de drogas se haya empeorado debido, en parte, a la opinión persistente de mucha gente influyente de que el problema de la droga en los Estados Unidos se resolverá con la legalización, y no con la penalización. Sus puntos de vista erróneos siguen influyendo en políticos, burócratas y el público en general. Pero Roques explicaría rápidamente que la divagación abstracta de los partidarios de la legalización no da respuesta al tema concreto: las drogas arruinan vidas. Esto es tan obvio para cualquiera que tenga un amigo o pariente involucrado en este tema - tristemente, un porcentaje siempre creciente de nuestra población—que es digno de asombro de que la idea de la legalización tenga algún poder de permanencia. Sin embargo, los reyes de la legalización han logrado impeler sus argumentos en los medios, en la cultura popular y hasta en los discursos de autoridades públicas de gran visibilidad. 

 

Por lo tanto, las preguntas que debemos hacernos son las siguientes: 1)¿De dónde sacan su fuerza los reyes de la legalización? y 2)¿Cuáles podrían ser las razones que sostienen su fuerza? ¿Esperan lograr algo más que la legalización? Con el despido de la inspectora general de sanidad Joycelyn Elders el 8 de diciembre de 1994, el movimiento a favor de la legalización de las drogas perdió a una de sus voceras más visibles. Elders, con su discurso sincero sobre educación sexual, anticoncepción y legalización de drogas permitió a los interesados en el tema ver cómo se relacionaban esencialmente estos asuntos. Probablemente no es mera coincidencia que estas posiciones –aparentemente inconexas- las sostengan las mismas personas, generalmente políticos de izquierda. La pérdida del puesto de Elders en el Congreso no implica que haya decrecido la amenaza que suponen los defensores de la legalización. Sus ideas podrían fácilmente encontrar refugio entre muchos miembros republicanos del Congreso gracias a su apego por las ideas libertarias.

 

La legalización es defendida por una serie de personas y fundaciones con agendas variadas que bien podrían considerarse como una “contra hegemonía”, según la idea del teórico comunista italiano Antonio Gramsci, un genio de la estrategia cuya obra debería ser familiar a todo guerrero cultural, tanto a los buenos como a los malos. La misión de estos reyes gramscianos es cambiar las actitudes dentro de la cultura de la hegemonía dominante, y no necesariamente derrocar al orden político de forma inmediata. Esto, entienden ellos, llegará naturalmente luego de la eliminación de las ideas tradicionales de la cultura dominante. Hasta que esto suceda, los gramscianos llevan adelante su transvaluación de los valores que operan dentro de las instituciones educativas, los medios de comunicación, el entretenimiento, etc. Si bien algunos de sus seguidores preferirían la “guerra de maniobras”, esto es, según definición de Gramsci, un esfuerzo por garantizar los fines por medio de un asalto frontal, la estrategia dominante en el movimiento de legalización parece ser una “guerra de posiciones”, la lenta y constante construcción de redes dentro de la cultura dominante.

 

Los defensores de la legalización se presentarán todo el tiempo como personas prudentes con las cuentas fiscales, defensores de los derechos civiles, sensibles a la ola de violencia en aumento. Sus soluciones prometen resolver una serie de males, desde la superpoblación carcelaria y los tiroteos desde automóviles, hasta las relaciones internacionales con los estados de América Latina. A través de estos esfuerzos tratan de manipular a la opinión pública hacia un nuevo “sentido común” en lo referente a la legalización de drogas. Yo mismo fui testigo de la exaltación de estos argumentos en una conferencia nacional de la Drug Policy Foundation, celebrada en Washington D.C. durante el mes de noviembre de 1994. Después de varias horas de escuchar distintas posturas que se contradecían en sí mismas, me fui convencido de que lo más interesante era la estrategia y los objetivos del movimiento mismo.  

 

Pero antes de ocuparnos de las preguntas, echemos un vistazo a sus argumentos típicos y a las falacias que conllevan para luego ocuparnos del tema realmente importante del fin gramsciano. El argumento de la legalización en pocas palabras: en general, los defensores de la legalización parten de ciertos presupuestos incuestionables. El primero, especialmente popular desde las presidencias de Reagan y Bush, es que Estados Unidos está “perdiendo la guerra contra la droga”. El segundo es que una “prohibición” es una violación a los derechos humanos, no importa si lo que se prohíbe es el alcohol o las drogas. El tercero es que es la guerra contra las drogas y no las drogas mismas lo que está causando violencia y delitos. Por último, la guerra contra las drogas es intrínsicamente racista ya que desde la llegada de las primeras drogas peligrosas a Estados Unidos, la guerra se ha orientado casi exclusivamente a grupos de inmigrantes. Ciertamente, todos estos presupuestos pueden refutarse con una cantidad de hechos igualmente impresionantes.

 

Pero los reyes de la legalización no confrontan las posturas contrarias; simplemente las ignoran. Si se toman por ciertas suposiciones dudosas, la legalización se convierte en la solución simple para una sociedad más libre y justa. Disminuiría los delitos en nuestras ciudades. Eliminaría la necesidad de "mafias" para la distribución. Nos permitiría combatir mejor a enfermedades como el VIH que a veces se contagia con el uso compartido de jeringas. Protegería nuestras libertades civiles al reducir la necesidad de requisas policiales, control de carreteras, análisis de orina aleatorios, etc. Demostraría piedad por los enfermos, ya que facilitaría el acceso a las drogas ilegales que pudieran tener cierto valor medicinal, como la marihuana para el glaucoma y para los enfermos de SIDA. Mejoraría nuestras relaciones con los países productores de drogas como Perú y Colombia, porque ya no estaríamos violando su soberanía al insistir en la erradicación de plantaciones y cosas similares. Y, para aquellos preocupados por el aspecto fiscal, nos permitiría transferir los recursos que se usan para la interdicción de drogas para fines más humanitarios, como la educación o tratamientos. En cierto modo, es tan atractivo como el comunismo hace algunos años. Solucionará los problemas del mundo y traerá la utopía a la tierra.

 

La dificultad está en los temas que los defensores de la legalización evitan tan cuidadosamente. Rechazan el debate sobre por qué se penalizó la droga en primer lugar, por qué la prohibición del alcohol fue esencialmente un éxito para la salud pública, por qué es posible calcular la disuasión criminal solo cuando está ausente la ejecución, y quizás lo más importante, cómo será en realidad su mundo feliz de la despenalización. Al igual que los comunistas, siguen siendo imprecisos en cuanto a cómo se alcanza la utopía – son destructores, no creadores. Por ejemplo, su “sentido común” dedica poca atención al problema real de las drogas después de la legalización. ¿El abastecimiento de drogas se dejará en manos del mercado libre o bajo un estricto control gubernamental? Y, si se queda en manos del mercado libre, ¿como se evitará la competencia violenta por la distribución? Si el control recae en el gobierno, ¿cómo evitarían el mercado negro? Las políticas de drogas “de eso no se pregunta/no se habla” de Holanda y Suiza son a los reyes de la legalización lo que la Cuba de Castro o el Chile de Allende a los marxistas nostálgicos—paraísos creados por la mente que guardan poca semejanza con la realidad.

 

Puede encontrarse un ejemplo de este modo de pensar en un artículo publicado en 1989, "¿Por qué despenalizar?” escrito por Arnold Trebach, presidente de la Drug Policy Foundation y por Eddy Engelsmann, "El Zar Holandés de la Droga”. Ambos elogian los esfuerzos realizados por ignorar la comercialización de las “drogas suaves”—por legalizar estas drogas de facto. Citan estadísticas para demostrar que esta política funciona, y que no ha llevado a un abuso creciente. Algunos informes más recientes sugieren lo contrario. Estas “drogas suaves” abren las puertas a la cocaína, heroína y a otras "drogas duras” y los holandeses están cansados de ver cómo su bello país se convierte en un centro internacional de desecho de drogas. Recientemente el ministro de justicia holandés Hirsch Ballin señaló esta falla tomando medidas enérgicas contra la proliferación de los “cafés” a los que tanto elogian Trebach y Engelsmann por su enfoque pragmático para la distribución de drogas como la marihuana y el hachís a "niños”.

 

La presión para tomar medidas también podría provenir de otros miembros de la Unión Europea que se horrorizan cuando sus hijos vuelven de Rotterdam o Maastricht drogados y sin un peso. Y ahora que las barreras comerciales prácticamente han desaparecido, muchos consideran a Holanda como el punto débil del sistema de defensas contra las drogas del continente. Del mismo modo, los suizos han cerrado la venta de drogas en sus Campos Elisios de la adicción, el famoso "Needle Park" (Parque de las Jeringas) de Zurich, porque estaba atrayendo a los aventureros de las drogas de toda Europa, y los efectos negativos se desparramaban por su ciudad. Recientemente llevaron a cabo un referéndum nacional para expulsar a aquellos que buscaban asilo en el país y usaban esto como pantalla para sus actividades de narcotráfico. Como lo demuestra la historia reciente de Holanda y Suiza, lo único que se logra con la legalización de facto es incrementar las patologías sociales y la miseria humana. A veces hasta los mismos defensores de la legalización reconocen el sufrimiento humano.

 

En una nota fuertemente descriptiva pero, desde mi punto de vista con una lógica bizarra, publicada en la revista jesuita América, Daniel M. Perrine retrata la vida de algunos adictos jóvenes en un área segura de Rotterdam llamada Plataforma Cero. Adoptando la postura de los defensores de la legalización, Perrine nos demuestra que estos jóvenes consumidores de drogas inyectables, que se pinchan las venas del brazo o del cuello sin ninguna precisión, solo se están rebelando contra la alienación de la cultura dominante. En realidad, necesitamos de estas víctimas desamparadas en áreas de gran visibilidad para educar a otros a partir de su locura. Siguiendo esta lógica, deberíamos reservar algunos edificios en el centro de la ciudad para que los suicidas salten y así se transformen en un recordatorio viviente de que quitarse la vida podría ser peligroso para la salud. La lectura de esta nota lleva naturalmente a la pregunta que nunca se hace Perrine: ¿No podemos hacer que estos chicos dejen de matarse? 

 

Los partidarios de la legalización generalmente limitan su discusión a la despenalización de drogas como la marihuana, cocaína o quizás la heroína, pero rara vez se atreven a debatir sobre las drogas de “diseño” como la heroína sintética fentinal, que se dice tiene un efecto mil veces mayor que la heroína de la calle. Se podría concluir que el estado seguiría prohibiendo las peores drogas pero quizás esto es solo una expresión de deseo. Y finalmente rara vez toman en cuenta las “externalidades” del uso de drogas. Su premisa del uso de drogas como un “delito sin víctima” se contradice con la amplia variedad de fuentes que remarcan su contribución a la violencia en las calles, la violencia doméstica, el abuso de niños, maltratos en el lugar de trabajo y los enormes costos de salud. Casi todos los opositores a la legalización apuntan a estos factores externos como el eje central del problema y temen que estos podrían necesitar de un estado aun más entrometido después de la legalización.

 

A pesar de los argumentos de los defensores de la legalización de que el incremento en la provisión de drogas no aumentaría el índice de adicción de la población, tenemos varios ejemplos históricos que sugieren lo contrario. Según William Donohue, después de que los británicos ganaran las Guerras del Opio en 1858 y forzaran a China a aceptar la droga, las tasas de adicción en el Reino Medio (Middle Kingdom) subieron a casi un tercio de la población. Por otro lado, también señala que las duras penalizaciones impuestas para el uso de drogas en la España de Franco disminuyeron radicalmente la adicción. También se podría señalar la manera en la que los seguidores de la Escuela de Singapur, incansables críticos de la decadencia liberal de Occidente, han demostrado su éxito en el tratamiento del problema: a través de la pena de muerte para los traficantes. Y ciertamente, hasta en los Estados Unidos, se ve una fuerte correlación entre el incremento en el abastecimiento de drogas y el aumento de su uso: revirtiendo una tendencia a la disminución de doce años, hoy está creciendo el número de adolescentes que admiten haber probado la marihuana, quizás en respuesta a la interdicción de la droga implementada durante la presidencia de Clinton.

 

El ex Zar de la Droga, William Bennett, escribió: "por lo tanto, me parece que según estos argumentos, los partidarios de la legalización no tienen la razón”. Al analizar detalladamente sus argumentos, es difícil no llegar a la misma conclusión. Ciertamente, muchos de los que atacan más vehementemente a los defensores de la legalización lo hacen debido a las pérdidas personales que han sufrido a causa de las drogas ilegales. Las numerosas omisiones y las fallas en la lógica de los partidarios de la legalización parecen tan obvias que llevan a pensar si no existen otras razones por las cuales tanta gente inteligente daría su apoyo económico e intelectual a este movimiento. Si bien solo puedo especular sobre este tema, creo que los reyes de la legalización representan una parte de una nueva ola de amenazas a los gobiernos libres y limitados y al capitalismo democrático. Y esta vez el estratega enemigo no es Lenin, sino Gramsci.

 

¿Quiénes son los Reyes de la Legalización? El movimiento de legalización de drogas ha atraído a personas de distintos ámbitos de la vida estadounidense. Si bien muchos de sus adherentes proceden de lo más profundo de la “contracultura” de los Estados Unidos, por ejemplo los miembros de la Organización Nacional para la Reforma de Las Leyes de La Marihuana (National Organization for the Reform of Marijuana Laws -NORML), y la militante organización homosexual Coalición del SIDA para Liberar el Poder (Aids Coalition to Unleash Power -CT-UP), sus fieles más influyentes son miembros de la cultura “dominante”. Entre ellos hay celebridades intelectuales como William F. Buckley, Jr. y el economista de la escuela de Chicago, Milton Friedman así como también líderes intelectuales de menos renombre como Arnold S. Trebach de American University o el presidente de la Drug Policy Foundation (DPF), y Ethan Nadelmann, ex miembro de la Universidad de Princeton y actual responsable del Instituto Lindesmith de Nueva York.

 

Algunos grupos de expertos prestigiosos han apoyado la legalización, como el Instituto Cato y sus responsables Ed Crane y David Boaz. Algunas de las autoridades responsables del cumplimiento de la ley como el ex comisionado de la policía de la ciudad de Nueva York Patrick V. Murphy, son abiertos partidarios de la legalización; el mismo Murphy es parte de la junta directiva de la Drug Policy Foundation. Otros ex funcionarios de alto perfil que han apoyado la legalización o que la comprenden son George Schultz, ex secretario de estado, Mathea Falco, ex subsecretaria de estado de asuntos de narcóticos internacionales durante la presidencia de Carter, y David Condliffe, director ejecutivo de la DPF y ex “zar de la droga” en la gestión del alcalde de Nueva York David Dinkins.

 

Y por último, poderosos grupos de interés público como el Sindicato Americano de Libertades Civiles (American Civil Liberties Union) han forjado alianzas con el movimiento y luchan activamente. Algunos políticos se han procurado un lugar destacado como defensores de la legalización, pero son escasos en número debido a las posibles repercusiones políticas. Figura entre ellos quien sigue siendo el más categórico defensor: el alcalde de Baltimore, Kurt Schmoke, juntamente con el diputado Barney Frank (D-MA). Lo que les permite ser tan categóricos es la imagen pública que ambos personajes proyectan: Schmoke se presenta como un negro académico de Rodas y gran alcalde, y Frank como un hombre que no oculta su homosexualidad y tiene gran influencia en el seno del partido demócrata.

 

No obstante, la mayoría de los políticos que simpatizan con la legalización se limitan a hablar de enfoques orientados a la demanda, y de "educación y tratamiento". El punto neurálgico en el movimiento por la legalización de la droga podría estar centrado en la ya mencionada DPF, con sede en Washington D.C. Si bien suele autodefinirse como un grupo de expertos dedicados al estudio del tema, no cabe duda de que se trata de un equipo a favor de legalización, a juzgar por la falta de argumentos por la anti-legalización en la conferencia realizada en Washington. La fundación recibe el aporte generoso de personas que han hecho dinero en ocupaciones de alto perfil, y muchas prominentes personalidades ocupan una silla en su consejo de asesores. La DPF recibió aportes del proveedor de materia prima Richard J. Dennis, de Chicago, y el actual financiero internacional George Soros ha contribuido generosamente a la causa a través de su Instituto Sociedad Abierta (Open Society Institute). Algunas celebridades también apoyan el movimiento: el actor de Hollywood Richard Dreyfuss ha brindado su respaldo a algunas conferencias por la legalización, y el empresario discográfico David Geffen, que con su apoyo contribuye permanentemente a numerosas causas políticas, también ha hecho su aporte financiero.

 

Según un artículo recientemente publicado en el Wall Street Journal, el Instituto Cato, un equipo de expertos comprometidos con el libertarianismo y con sede en Washington, ha sido un viejo defensor de la legalización de la droga, y ha mantenido su contacto con la DPF a través de su benefactor financiero Richard J. Dennis. En este momento, se perfila ejerciendo el mismo tipo de influencia que la Fundación Heritage tenía en el gobierno de Reagan. El instituto goza del apoyo financiero del heredero petrolero de Kansas, Charles Koch, y también de multinacionales líderes como Coca-Cola, Citibank, Shell Oil, Philip Morris y Toyota. Si bien muchos legisladores podrán insistir en oponerse a la legalización, no debemos ignorar las ideas libertarias de muchos de sus empleados más jóvenes y con ideologías.

 

 

En definitiva, aunque la legalización pareciera haberse diluido bajo la marejada social conservadora de las elecciones para diputados, no debemos descartar su reaparición en un camuflaje más respetable. El vicepresidente del Instituto Cato, David Boaz, pronunció un discurso en 1988, apogeo previo de la legalización, en el que decía que pronto llegaría el día en que la masa crítica se incline hacia la despenalización. Juntamente con Ed Crane, presidente de Cato, Boaz ha sido un rotundo defensor de la legalización y, al igual que Dennis, ha mantenido lazos informales con la DPF. Boaz también ocupa un lugar en el consejo de asesores de la DPF. Otro miembro de jerarquía en el Instituto Cato, Doug Bandow, se ha pronunciado en sus escritos por el fin a la política de la condena mínima obligatoria por delitos relacionados con drogas; éste constituye otro de los temas preferidos de la DPF.

 

El Sindicato Americano de Libertades Civiles (ACLU, por su sigla en inglés) ha mantenido, durante mucho tiempo, su interés en el tema de la legalización, y en cierta manera actúa como factor aglutinante que mantiene unido al movimiento. Podemos observar conexiones informales entre el ACLU y la DPF a través de su director ejecutivo Ira Glasser y también con la Fundación Soros, cuyo actual presidente, Aryeh Neier, fue director ejecutivo del ACLU. Glasser, a quien Arnold Trebach llamó "el rey filósofo" del movimiento, dio uno de los discursos más encendidos en la conferencia de la DPF en Washington. En la década del 60, su ACLU adoptó una concepción "médica" y no "criminal" frente al consumo de drogas, y ya a comienzos de la década del 70 estaba en la firme postura de legalizar la marihuana. Si bien se mostró vacilante en el pasado con respecto a las drogas duras, el ACLU ha respaldado -según la opinión de William A. Donohue- el derecho constitucional de las personas a quitarse la vida con heroína. Y de hecho, cualquier esfuerzo que el gobierno realice por imponer más controles, exámenes o castigos penales para desalentar el consumo de drogas está reñido con la "idea atomística de la libertad" sostenida por el ACLU, y tendrá la oposición del poder sindical a que ello ocurra. Las propias palabras de Glasser pronunciadas en la conferencia de la DPF confirman el análisis de Donohue. Con ellas, Glasser insistía: "la premisa central, que es la prohibición, debe ser derrotada". Es el "error disfuncional de base". Fiel a la estrategia gramsciana, señaló las ventajas de contar en el consejo con la presencia de respetadas personalidades, como Buckley, Friedman y George Shultz, para no parecerse a "la izquierda de los años 60".

 

La clave radica en tratar de colocar el tema dentro de la agenda principal, pero "pensamos que con Clinton y Lee Brown (el “zar de la droga” dentro del gobierno) allí podíamos hacerlo, pero no fue posible". Tal vez amparado en su coronación como "rey filósofo", Glasser concluyó con platónica imparcialidad diciendo: "debemos hablarle a la comunidad negra, que [sic] no comprende dónde radican sus intereses personales". También resulta instructivo observar a algunos de sus donantes externos y las actividades a las que se dedican. En la industria del entretenimiento, David Geffen, defensor de la legalización, homosexual declarado, presidente del sello discográfico “Geffen” y el hombre más acaudalado de Hollywood, mantuvo un perfil político alto, especialmente desde la elección de Bill Clinton en 1992. Geffen se enorgullecía de su buena relación con la Casa Blanca y de su amistad con el ex-jefe de personal Mack McLarty. Siguiendo los pasos del multimillonario y altruista putativo John D. Rockefeller, puso en marcha su propia Fundación David Geffen, exenta de pagos impositivos, que cada año viene donando de $5 a $8 millones de dólares a causas políticas "no-partidarias" como el SIDA, el derecho al aborto y el desamparo habitacional. El propio Geffen también ha respaldado la candidatura de importantes políticos demócratas, como Charles Robb. Según él mismo cuenta, su interés por la política se despertó por obra de la Convención Nacional Republicana de 1992 y de sus "egoístas hombres blancos, cristianos y heterosexuales". En 1993 Geffen aportó U$S10.000 a la DPF, pero es probable que ése no sea el límite de su interés por la legalización. Uno bien puede preguntarse cómo repercutiría este interés en algunos de los proyectos de entretenimiento que produce.  

 

En el mundo de las finanzas internacionales, los aportes de George Soros al movimiento por la legalización son potencialmente más significativos aún que la industria del entretenimiento. Sus generosas donaciones a la DPF han sido canalizadas a través de su Instituto Sociedad Abierta (OSI, por su sigla en inglés), órgano de su abarcadora Fundación Soros. El presidente del OSI es Aryeh Neier, ex- director ejecutivo del ACLU que también escribe una columna sobre derechos humanos para la revista The Nation, de tendencia derechista. En relación a la donación de Soros, Neier expresó, "Soros no considera que la guerra de la droga tenga sentido alguno desde el punto de vista económico. Existe un problema de índole delictiva que se atribuye al consumo de drogas: hay gran cantidad de gente en prisión y de drogadictos". El Instituto Sociedad Abierta apunta a alentar a estas voces del disenso sobre la prohibición, y además parece pronunciarse a favor de que grupos como la DPF se sumen a la corriente general haciendo hincapié en "el tratamiento y los esfuerzos humanitarios". ¿Cuál es el interés de Soros en la legalización? Aparentemente, los motivos son puramente humanitarios y libertarios, basados en la filosofía anti-metafísica de su otrora maestro, el positivista Karl Popper. Por otro lado, la educación recibida en la Universidad de Economía en Londres, institución fundada para promover el socialismo fabiano, pudo haber influenciado su formación política hacia algo más que el simple respeto por el capitalismo y la democracia, como lo expresa la literatura de su fundación.

 

Soros puede ser un demócrata, pero siguiendo a Popper, no cree en los beneficios del nacionalismo, a juzgar por su hostilidad para con el partido nacionalista conservador de su Hungría natal. Su filantropía por la DPF podría tener el mismo tinte que sus otras subvenciones al ANC (Congreso Nacional Africano) de Mandela y a los socialdemócratas de Europa oriental, y que la creación que hiciera de la Universidad Europea Central. El Instituto Sociedad Abierta ha sellado además un acuerdo con el gobierno de los Estados Unidos para expandir y preservar el Instituto de Investigación de Radio Europa Libre y Radio Libertad (Radio Free Europe/Radio Liberty), a la vez que ha inaugurado un centro de capacitación sobre medios de comunicación. Su Programa Médico-sanitario se dedica a la educación de niños en edad escolar sobre temas como el uso de drogas, el alcohol, la sexualidad, el SIDA y el medio ambiente, entre otros. Tal vez el proyecto más escalofriante del Instituto sea el "Proyecto sobre la muerte en los Estados Unidos". A continuación se presenta una descripción del proyecto tal como figura en la literatura de relaciones públicas del OSI:

 

"La cultura estadounidense contemporánea ha experimentado el desarrollo de un miedo profundo a la muerte y al proceso de la muerte. El objetivo del Proyecto sobre la Muerte en los Estados Unidos elaborado por el OSI es comprender y transformar las fuerzas que generaron y que ahora sostienen la actual cultura de la muerte … Para facilitar el debate público sobre la muerte y el dolor por la pérdida, se utilizarán programas en escuelas públicas, grupos de consumo, los medios y otros foros. Para finalizar, el proyecto servirá para influir sobre las políticas gubernamentales e institucionales en torno a este tema con la idea de mejorar el proceso de la muerte y el dolor de la pérdida en los Estados Unidos... El proyecto será apoyo de un programa de especialización de una universidad y de simposios para académicos y miembros del cuerpo docente para fomentar el desarrollo de competencias especiales en el área de la muerte".

 

El mismo Soros explica los proyectos del OSI y nos ayuda a comprender sus numerosos objetivos:

 

"El OSI administrará de manera directa los programas sobre investigación y educación pública como alternativas a la aplicación de la ley para abordar el problema de la droga en los Estados Unidos; la investigación y la educación pública son las vías para ayudar al moribundo a que llegue al final de su camino con dignidad, consuelo y liberado del dolor..."

 

La oscura naturaleza de las operaciones lucrativas de Soros lo hacen, sencillamente, pasible de sospecha en cuanto a sus buenas intenciones. Su Fondo Quantum con sede en Manhattan, un fondo de cobertura que apuesta a la devaluación de divisas nacionales y tiene oficinas en Curaçao para evadir las normas de la Comisión de Seguridad e Intercambio (SEC por su sigla en inglés). Naturalmente, la reacción de varios gobiernos y de importantes bancos de Europa ante esa costumbre de perjudicarle las divisas ha sido rotundamente negativa. Se lo responsabilizó de haber sacado a la libra británica del mecanismo de ajuste cambiario en 1922, y de minar la confianza en otras divisas. A juzgar por el poder y las influencias que ostenta, bueno es poner sus actividades bajo la lupa. Es evidente que tiene ambiciosos propósitos, y no duda de que los puede alcanzar. "Soy una especie de deus ex machina", declaró en una entrevista para referirse a sus actividades. "En cierta forma soy sobrenatural".

 

 

Soros ayudó al ex-profesor de Princeton Ethan Nadelmann a establecer el Instituto Lindesmith en Nueva York, constituido por un grupo de expertos dedicados al tema de la legalización. Nadelmann, en su calidad de teórico sobre relaciones internacionales, ha promovido con gran empeño una justificación que avale la legalización a nivel mundial. Sus artículos aparecen en todas partes, desde revistas populares como Rolling Stone hasta publicaciones académicas como Daedalus; todas ellas se hacen eco de su mensaje fundamental sobre el daño causado por regímenes prohibicionistas y reaccionarios. En un artículo que escribió en 1990 para la prestigiosa publicación International Organizations, describió la naturaleza de "los regímenes prohibicionistas globales", que se dedicaban a prevenir la piratería, la esclavitud o el narcotráfico. En el artículo, Nadelmann da a entender que el consumo de drogas es un impulso normal y humano que no debe ser reprimido. Concluye sugiriendo que la prohibición de estupefacientes está condenada al fracaso porque es esencialmente impermeable a la aplicación de la ley. Nadelmann es el modelo vivo de un intelectual gramsciano. En la conferencia de la DPF, Trebach lo llamó el "padre intelectual" del movimiento por la legalización, y llegó a decir que "Ethan me hizo un ferviente defensor de la legalización".

 

El discurso de Nadelmann fue un llamado gramsciano a las armas. Si bien no cabe duda de que vivenció como un revés al llamado "martes negro" (el triunfo republicano en el Congreso), él opina que el apoyo público a la despenalización de la marihuana va en aumento y que los medios están haciendo hincapié en "los males de la prohibición". Debemos seguir insistiendo con que la prohibición es la raíz del problema, remarcó, y debemos también seguir poniendo énfasis en el progreso realizado por los suizos y los holandeses, entre otros, en su respaldo a la legalización. (Nunca mencionó los recientes contratiempos en Europa). Y en una línea que tal vez señale el cinismo de este movimiento, Nadalmann exclamó que "aun la negra bendición del SIDA nos está ayudando a avanzar". Su estrategia fue clara: "Hagan que la prohibición funcione en nuestros términos, no en los de ellos... Trabajen dentro de la corriente dominante para direccionarla hacia el lado correcto". Y al igual que sus compañeros disertantes, siguió con el tema de que cualquier medida que tome el gobierno en cuanto a reducción de daños es un paso hacia adelante en la legalización. El agente especial de la DEA, Roques, disfruta con la analogía de que un enfoque decidido sobre la "reducción de daños" es como "intentar ganar una guerra tratando sólo a los heridos". Por otra parte, los programas de prevención apuntan a evitar en primer lugar que las personas resulten heridas, y constituyen una parte necesaria en cualquier estrategia ofensivo-defensiva.

 

Mathea Falco, estratega en defensa y ex-subsecretaria de estado para Asuntos Internacionales de Narcotráfico durante la presidencia de Carter, trabaja casi involuntariamente con el movimiento dentro de la corriente principal. Actual presidenta de un instituto en Washington D.C. llamado Drug Strategies, Falco ha abogado por el fin de los enfoques agresivos del lado de la oferta, priorizando más educación y tratamiento. "La educación y el tratamiento", como medidas de "reducción de daños", resultan ser también el mantra de los “reyes” de la legalización. Falco aborda este razonamiento en un libro patrocinado por el Twentieth Century Fund intitulado “Winning the Drug War” (Cómo ganar la guerra contra la droga) y en un informe ampliamente publicitado de su instituto, intitulado “Keeping the Score” (Cómo llevar la cuenta). La fuerza de sus palabras pone las soluciones al problema de la droga en una falsa dicotomía: ofrecer la interdicción o exigir la reducción, pero no ambas. Dado que los esfuerzos en la oferta parecen no funcionar, es hora de pasar a la exigencia. Es ésta una estrategia con notables imperfecciones, como bien podría decirlo cualquier guerrero como Wayne Roques. De acuerdo con la literatura de relaciones públicas, el instituto Drug Strategies, que tiene muy buenas conexiones, recibe subsidio económico por parte de la ubicua Compañía Carnegie de Nueva York, la Fundación Robert Wood Jonson y la Fundación Soros; asimismo, se vanagloria de tener en su consejo al popular autor Michael Crichton, presidente del Fondo de Defensa para el Niño Marian Wright Edelman (Children's Defense Fund Marian Wright Edelman) y al ex- presidente del Banco Mundial y eminente trilateralista Robert S. McNamara, entre otras notables figuras.

 

Falco no abandona del todo los esfuerzos de oferta u "ofensivos", pero sí los debilitaría de manera considerable. En un artículo recientemente publicado en Daedalus, Falco aboga por menos participación directa de los Estados Unidos en la interdicción de las drogas y por una mayor cooperación internacional bajo la capa de las Naciones Unidas.  

"En muchos sentidos, las Naciones Unidas pueden trabajar de manera más efectiva que los Estados Unidos con los países proveedores de drogas", escribe. "La opinión del mundo y los recursos canalizados a través de las Naciones Unidas suelen tener más impacto que la presión bilateral porque son políticamente más aceptables". Y en una declaración de la que probablemente esté ahora arrepentida, expresó: "equipos de aplicación de la ley de las Naciones Unidas podrían asistir a los gobiernos que piden ayuda para atacar el narcotráfico, de la misma manera en que las fuerzas de paz de las Naciones Unidas trabajan actualmente para poner fin a la lucha civil en Yugoslavia y Camboya". Las sugerencias de Falco para desbaratar los esfuerzos estadounidenses de interdicción de las drogas presentan parte de un coordinado esfuerzo por parte de algunos escritores de relaciones internacionales para negar el hecho de que la droga constituye una amenaza para la seguridad nacional. Semejante revelación sería como una bofetada para respetados estrategas como Mao Tse-Tung, que usaba narcóticos con gran efecto contra sus enemigos nacionalistas y las fuerzas estadounidenses en el sudeste asiático.

 

Sin embargo, una reciente publicación realizada por el Consejo de Relaciones Exteriores, el cual cuenta con el respaldo de Rockefeller, intitulado “Definiendo la Seguridad Nacional” explica el tema de manera sucinta: "El consumo de drogas a nivel nacional es un mal social que no se define útilmente como un problema de seguridad nacional... El narcotráfico no debe considerarse la causa del consumo de drogas a nivel nacional y de los problemas concomitantes que esto acarrea; por lo tanto, no debe considerárselo como una amenaza importante a la seguridad nacional". Al igual que muchos de los “reyes” de la legalización, el autor define la drogadicción como una "enfermedad", lo que sugiere una falta de libre albedrío por parte de las víctimas. Por lógica, según esta definición, la cantidad de drogas que ingresan al mercado no provocarían consecuencias; quienes padecen la enfermedad las consumirán y quienes no, se abstendrán. Siguiendo con el tema de la legalización y América Latina, el libro sobre las relaciones entre México y los Estados Unidos llamado “Limits of Friendship” (Los Límites de la Amistad) publicado en 1988 resumió en una sola línea la sabiduría convencional de los latinoamericanistas sobre el tema de la droga. Tal como Jorge G. Castaneda escribió en la mitad de su libro: "México no tiene problemas con la drogas; los Estados Unidos sí". Puesto que el gobierno de Reagan comenzó a librar en serio una guerra contra las drogas, empezaron a abundar los libros y artículos sobre quién era el autor de esta presunción expresada en una sola línea de Castaneda.

 

No obstante, lejos de admitir que este problema de la droga puede representar una amenaza a la seguridad de los Estados Unidos, estos mismos escritores han incitado a los Estados Unidos a abandonar la lucha y concentrarse en la demanda. Un ejemplo de esta tendencia actual lo constituye el libro de Rensselaer Lee publicado en 1989 “The White Labyrinth: Cocaine and Political Power” (El Laberinto Blanco: Cocaína y Poder Político). En el corazón de este informe muy bien documentado se erige la tesis de que los principales intereses estadounidenses para promover el crecimiento económico, fortalecer la democracia e incluso luchar contra las guerrillas marxistas se ven entorpecidos por el hecho de seguir con esta guerra. Pinta un convincente retrato del trabajo hercúleo de luchar contra los intrincados, decididos y bien preparados señores de la droga de Colombia y Bolivia, pero no deja al lector con una idea clara de las alternativas de política. Sin embargo, aunque no propugna la legalización como respuesta, presenta en su conclusión un poderoso argumento a favor. A pesar de ello, finaliza sugiriendo que los Estados Unidos estarían en mejor posición si alentara el desarrollo político y económico y desplazara del centro la guerra contra la droga. No obstante el veredicto tentativo de Lee, algunas prominentes figuras de América Latina han dado un paso al frente para exigir la legalización. El ex-fiscal general de Colombia, Gustavo de Greiff, se ha pronunciado a favor de algún tipo de legalización en las páginas editoriales del Washington Post. Su mensaje contiene cierta seriedad por su manifiesto rigor en la lucha contra los narcotraficantes en su país de origen. Por su "pronunciamiento" a favor de la legalización, de Greiff se ha transformado en el gran personaje del movimiento por la legalización y se hizo acreedor de un premio entregado por la DPF.

 

A pesar del derrotismo y el sentimiento legalizador de muchos dentro de la comunidad latinoamericana de estudios, empieza a vislumbrarse una mayor determinación en los mismos latinoamericanos para librar la guerra contra la droga. Según James A. Inciardi, conocido vocero que se opone a la legalización, no existe un sentimiento significativo a favor de la legalización ni en Venezuela ni en Colombia; en cambio, esos países temen que los Estados Unidos vacilen en su compromiso con la lucha. Los crecientes temores sobre las "narcodemocracias" en Colombia y México por parte del ex-director de la DEA Joseph Toft y el investigador mexicano Eduardo Valle Espinosa pueden estar impulsando mayor resistencia a los narcotraficantes. Los presidentes Zedillo Ponce de León (México), Sánchez de Lozada (Bolivia) e incluso Samper (Colombia) están actuando de manera contundente, o al menos muy publicitada, contra el narcotráfico debido a la corrupción que ha causado en los sistemas políticos. Además, es de esperar que estas acciones continúen a medida que los latinoamericanos tomen mayor conciencia del creciente aumento en el consumo de drogas en sus países. Claro está que los latinoamericanos ven a las drogas como una amenaza a la seguridad y como una amenaza de que los beneficios económicos del NAFTA pueden extenderse por toda la región.

 

Capturar la cultura

 

La estrategia del intelectual gramsciano es declarar su guerra dentro de las superestructuras de la sociedad civil, en otras palabras, capturar la cultura. Esto puede realizarse a través de los medios y fuentes académicas, como se vio anteriormente, pero también a través de formas de entretenimiento. Cuando nos damos cuenta de ello, los cambios que han ocurrido en la cultura popular en las últimas cuatro décadas se tornan más comprensibles. Resulta difícil no notar, por ejemplo, hasta qué punto el tema de la droga ha dominado el cine y la música popular a partir de los años 60. También cuesta imaginar un aspecto del lado oscuro de la cultura popular que haya sido expuesto en mayor detalle que la cultura de la droga. Actores, músicos y otras personalidades que han sucumbido a la adicción, e incluso a la muerte, no inspiran lástima, sino que son expuestos por los medios. En talk shows cuentan con lujo de detalles sus historias con las drogas y cómo luego lograron "zafarse". La intención del mensaje es poder disuadir al público en el consumo de drogas, aun cuando haya un mensaje subyacente por el cual las personalidades glamorosas y atractivas disfrutaron un largo tiempo y luego pudieron dominarse sin que se les moviera un solo pelo de lugar.

 

El profesor de derecho de la Universidad de Yale, Steven B. Duke, sugiere una razón que explica este fenómeno cultural. En un libro intitulado “America's Longest War: Rethinking Our Tragic Crusade Against Drugs” (La guerra más larga de los Estados Unidos : Repensando nuestra trágica cruzada contra la droga), Duke presenta un valioso resumen de los numerosos argumentos por la legalización que actualmente están en danza. Resulta particularmente útil una sección intitulada "Los costos de la autonomía" en la que Duke y su co-autor Albert Gross enumeran varias razones por las que la prohibición de las drogas es una afrenta a la libertad humana, citando su racismo, elitismo e incluso intolerancia religiosa, entre las muchas desventajas de la prohibición. El libro no abre nuevos panoramas, y repite muchas de las falacias -ya gastadas por el tiempo- en relación a los programas exitosos en Europa. No obstante, permite al lector echar una mirada significativa dentro de la mente del típico defensor de la legalización. A modo de ejemplo, cabe notar este pasaje de cómo el prohibicionismo mantiene el status quo e inhibe nuevas ideas: La década del 60, con sus manifestaciones de paz y amor, sus jóvenes flower power, la liberación sexual y la protesta social, fue una época de agitación intelectual y moral. Casi todas las ideas e instituciones eran cuestionadas. Una institución sujeta a intenso escrutinio fue la prohibición de la droga. El cuestionamiento fue tan efectivo que muchos estados despenalizaron la marihuana, y prácticamente todos los que tenían entre quince y treinta años de edad la probaron. Esta protesta social contribuyó significativamente al progreso en el campo de los derechos civiles y puso fin a la guerra de Vietnam. La mayoría de quienes están ahora involucrados en actividades para el control de las drogas tuvieron temor en los años 60, y todavía lo tienen... La prohibición de la droga se origina en parte por el miedo a un resurgimiento de la esencia de los 60, que fue la revolución social.

 

Quizá no sorprenda que los profesores de la Universidad de Derecho de Yale aún añoren el idealismo de la década del 60: como escribió George Orwell, hay algunos errores que sólo los intelectuales pueden cometer. Un trabajo reciente de Myron Magnet ayuda a derrumbar el mito de los 60 como una década liberadora. Gran parte de los problemas que sufrimos hoy en día, como la ilegitimidad, la falta de vivienda, la violencia doméstica, la pobreza urbana, se originan, según Magnet, en la nueva cultura de permisividad que propugnaban los radicales de los 60 y sus aliados en las comunidades intelectuales. Su fe en el poder liberador de las drogas resultó ser especialmente perniciosa para las clases marginadas y los ha transformado en "víctimas" permanentes y dependientes. La revista Vogue, tal vez inadvertida en su exposición de temas de fondo, dio recientemente una idea general sobre la conexión entre las drogas, el glamour y su potencial influencia sobre los jóvenes. En este revelador artículo, Charles Gandee pone énfasis en las primeras descripciones hollywoodenses del mundo de la droga en películas como “El hombre del brazo de oro” de 1955. A mediados de la década de los 50, el tema era visto como escandaloso, y desde entonces a esta parte las películas que tratan el tema de la droga son moneda corriente. La música popular comenzó a abordar el tema a mediados de los 60, pero ha recuperado el tiempo perdido con un impulso aun más agresivo.

 

Difícil de sintonizar por ondas radiales, este mensaje que normaba el consumo de drogas logró llegar a más jóvenes con el advenimiento de la televisión por cable y la televisión musical (MTV) a fines de los años 70 y principios de los 80. Según Gandee, muchos de los videos musicales de MTV adoptan una actitud "libre de valores" frente al tema de las drogas. La nueva tendencia que él nota, no obstante, es cómo la cultura de la droga está empezando a penetrar en la industria de la moda, y que algunas modelos famosas y admiradas por las jovencitas han admitido públicamente el consumo de drogas, ante lo cual se muestran indiferentes. Rolling Stone, la conocida revista de la contracultura de la "corriente dominante", dedicó su edición de mayo de 1994 al tema de la legalización de las drogas. En ella se destacó un artículo con la co-autoría de Ethan Nadelmann y el sibarita editor de la revista, Jann Wenner, que previsiblemente condenaba "la fútil guerra contra las drogas". Otros colaboradores describieron a las drogas como meta-anfetaminas de cristal ("hielo"), que es un peligroso estimulante, en un estilo típicamente "libre de valores". Este es el mensaje que las revistas de circulación masiva transmiten a su joven público. Pero Rolling Stone no es la única culpable.

 

Scholastic Update, revista diseñada como herramienta de enseñanza sobre hechos de actualidad en las escuelas secundarias, nos muestra otra manera en que los jóvenes pueden ser condicionados para un nuevo "sentido común". En su artículo intitulado “¿Dónde estás parado?” (Where Do You Stand?) bien podemos encontrar un argumento altamente tendencioso a favor de la legalización. El artículo transcribe las palabras más relevantes dichas por adolescentes en cuanto a que la marihuana es inocua, y también describe las “modas" de la marihuana. Además, enumera varios artistas de televisión y músicos de rap que han consumido y disfrutado de la marihuana en sus espectáculos. Obviamente, los únicos opositores a la legalización citados en este artículo son densos políticos. Dos libros recientes escritos por críticos de cine han hecho hincapié en la disposición de Hollywood por difundir las normas y los valores de la contracultura dentro de la cultura tradicional establecida. De los dos, “Hollywood vs America” de Michael Medved sea tal vez más optimista en cuanto al deseo de Hollywoood por cambiar su mensaje a fin de corresponderse más de cerca con las actitudes públicas. Si bien menciona al vehículo estelar “Tequila Sunrise” de 1988 como poco usual en su descripción de narcotraficantes carismáticos y románticos, otras películas más recientes han puesto énfasis en un mensaje anti-drogas. Richard Grenier es más pesimista, y realista, sobre las intenciones de Hollywoood sobre Capturar la Cultura, libro de críticas que él prologa con la tesis de que gran parte de Hollywood está llevando a cabo una estrategia gramsciana para destruir las normas tradicionales de los Estados Unidos. Para Grenier, debe haber una razón subyacente por la cual los productores apoyarían tales imágenes de los contra-valores como el “Tequila Sunrise”, aun cuando el público hubiera dejado en claro que la normatización manifiesta contra la droga no vende entradas de teatro. Hay estrategias encubiertas que dan mejores resultados financieros, como la película “The Big Chill”, que intenta normar el consumo de drogas de manera menos evidente. Dicho de otra manera, la guerra por el lugar puede resultar más efectiva que la guerra de la maniobra. El movimiento por la legalización de la droga, profundamente arraigado en los círculos intelectuales y en la elegante escenografía de Hollywood, quizá ya ejerza su influjo en las escuelas y en los medios, y podría empezar a tener una importante influencia en el "sentido común" de las minorías y de la juventud.

 

¿Qué tienen en común estos “Reyes” de la legalización?

 

En un folleto informativo de la DEA, modestamente intitulado “Cómo defenderse en un debate por la legalización de las drogas” (How to Hold Your Own in the A Drug Legalization Debate), se presentó la pregunta sobre qué motivaciones tenían los defensores de la legalización. La respuesta fue: algunos medios, ciertos sectores académicos y algunos estadounidenses frustrados ven a la legalización como una opción que merece ser analizada. El panel debatió sobre algunos de los factores que podrían motivar a los defensores de la legalización a fin de apreciar la complejidad del debate. El grupo señaló que muchos de los que abogan por la legalización intentan "normalizar" el comportamiento de la drogadicción, y que gran parte son personas que han experimentado el consumo sin consecuencias adversas negativas. Otros ven a la legalización como una potencial ganancia, y otros simplemente creen que los derechos individuales para el consumo deben ser protegidos. Asimismo, el grupo admitió que el concepto de legalización resulta particularmente atractivo para la gente que busca soluciones simples al devastador problema del abuso de drogas.

 

No cabe duda de que todas estas motivaciones describen a ciertas personas dentro del movimiento, pero de ningún modo se trata de una lista completa. Es una tentación tratar de encontrar el denominador común que une a todos quienes tienen especial interés en ver triunfar al movimiento por la legalización. No es esta tarea fácil, pues no todos los que participan en el movimiento tienen el mismo objetivo en mente. Bien puede ser que se celebren muchos "matrimonios por conveniencia" con el fin de lograr propósitos limitados; por ejemplo, los asistentes a la conferencia de la DEA como las Familias Contra el Mínimo Obligatorio (Families Against the Mandatory Minimum) o la organización ACT-UP pueden simplemente inclinarse por la reforma de la condena o el programa de canje de agujas, etc. Por otro lado, resulta interesante señalar que muchos de quienes respaldan la legalización han sido viejos defensores de un estado de seguridad más fuerte. Por ejemplo, Patrick V. Murphy, tal vez el más visible dentro del movimiento, de los funcionarios encargados del cumplimiento de la ley, ha presionado a lo largo de su carrera tanto para lograr la legalización como para tener una policía nacional.

 

Su Fundación de Policía recibió en los años 70 los aportes de la Fundación Ford para estudiar este tema. En un reciente comentario de publicación abierta aparecido en el Washington Post, volvió a mencionar los típicos argumentos para la legalización sobre cómo ha fracasado la "guerra de las drogas", y exigió la legalización. Utilizando una adornada retórica, característica entre los defensores de la legalización, Murphy se refiere a la guerra contra la droga como una "jihad". "Durante la presidencia de Bush", dice Murphy en su artículo, "la cantidad de dinero invertido en la expansión del FBI y de la DEA, y en la creación de nuevas cárceles, ascendió a más del doble: de U$S 3,5 mil millones a U$S 9 mil millones. Aun así, semejante gasto no ha conducido a una disminución proporcionalmente significativa en el comercio de estupefacientes".

 

Aunque defensor de una policía nacional, claro está que su defensa no se extiende a algunas prácticas que actualmente se realizan. Las fundaciones exentas del pago impositivo son protagonistas ocultos dentro del movimiento por la legalización. No sólo advenedizos como la Fundación David Geffen y la Fundación Soros, sino que hasta instituciones del "establishment" como la Fundación Ford constituyeron confiables fuentes financieras para los estudios en materia de drogas. Durante los años 70, Ford aportó fondos al Consejo de Abuso de Drogas, el cual recomendaba la despenalización, y también colaboró con la DPF hace poco tiempo. Este financiamiento se condice con la mayoría de sus proyectos, que avalaban soluciones estatistas para resolver todos los problemas. No es fácil ignorar las interconexiones dentro del movimiento y lo que ellas significan. Fundaciones de envergadura como la Fundación Ford, que apoyaron causas y gobiernos socialistas, han encargado que se realicen estudios a favor de la legalización. Otras fundaciones que perseguían objetivos parecidos en política internacional, como el Twentieth Century Fund y el Consejo de Relaciones Exteriores de la Fundación Rockefeller, también hicieron sus aportes para financiar estudios que recomendaban reformar todo nuestro enfoque sobre el tema, como se describió anteriormente.

 

Tal como se mostró en la conferencia de la DPF, organizaciones de las Naciones Unidas como la Organización Mundial de la Salud, han patrocinado la realización de estudios (los cuales, en mi opinión, han usado técnicas de recolección de datos sumamente sospechosas) que favorecieron la legalización. Financieros de envergadura internacional como George Soros donaron fondos a la causa del "debate público" sobre el tema, que aparentemente funciona dentro de los objetivos principales. Grupos de apoyo como el ACLU, viejos aliados del comunismo internacional, han presionado para lograr la legalización por tratarse de un tema de derechos civiles (y humanos). La comunidad homosexual, estrechamente alineada con el ACLU, también aportó dinero para la legalización. Este dedicado lobby ha forjado fuertes lazos con los sindicatos docentes como la Asociación de Educación Nacional y la comunidad médica. Su reciente pronunciamiento por lograr la reforma en la asistencia médica aparece motivado, en parte, por la necesidad de tratar la alarmante adicción a las drogas por parte de los homosexuales. Los reyes de la legalización, poco numerosos pero ostensiblemente visibles y con poderoso respaldo, pueden ser considerados como parte de un movimiento de "contra hegemonía" que sigue trabajando para abolir los gobiernos limitados y el capitalismo democrático socavando su cimiento moral.

 

Éste es el final gramsciano. Si tienen éxito, destruirán la capacidad de gran parte de la población para poder cuidarse a sí misma siquiera, y mucho menos para participar en una democracia deliberativa o en una economía de mercado. La clase media y la clase trabajadora, guardianas del sistema, se verán doblemente afectadas: un gran porcentaje sufrirá el daño causado por las drogas, y el resto se verá forzado a costearles la asistencia. Este panorama no debe verse como una teoría conspirativa. Estos grupos distintos que anteriormente se mencionaron tienen intereses comunes. A fin de cuentas: 1) desprecian las normas judeo-cristianas tradicionales de nuestra cultura, y 2) quieren proponer soluciones estatistas para todos y cada uno de los problemas. Pero no es necesario que conspiren; los intereses que comparten los une de manera natural. Quienes desean combatir a los “reyes” de la legalización deben elevar el nivel del debate a una cuestión moral. Tal como nos lo recuerdan los antiguos pensadores, la felicidad supone la posesión de cuatro virtudes esenciales: valor, prudencia, templanza y justicia. El consumo de drogas pone en jaque todas estas virtudes, pues acerca al ser humano a la categoría de bestia, lo transforma en una criatura que sólo piensa en satisfacer los deseos físicos. Si creemos en la noción clásica de la política como la búsqueda del régimen bueno, y de la filosofía como la búsqueda de la vida buena, no llegaríamos tan fácilmente a la conclusión de que ambas cosas pueden lograrse con un mayor acceso a sustancias que alteran el pensamiento.  

 

Dejando a un lado la sabiduría de los antiguos pensadores, los “reyes” de la legalización son los descendientes espirituales de los utilitaristas Jeremy Bentham, Karl Marx y Sigmund Freud, quienes redujeron al hombre a meros manojos de deseos idiosincrásicos, materialistas y sexuales. Pero también nos vuelve a llevar a la tradición pre-socrática de los sofistas, que enseñaban a poner la retórica por encima de la razón. Resulta dudoso si la democracia concebida bajo esta concepción filosófica podría hoy sostenerse como lo hacía en la época de los sofistas. El estado de legalización que describen sería un lugar inapropiado para el hombre, y sí lo sería sólo para los dioses y las bestias. Por lo tanto, en la lucha contra la "contra-hegemonía" de los defensores de la legalización, deberíamos primero conocer el alcance del movimiento, su potencial para causar daños, y su posible agenda -el final gramsciano. La exposición de las distintas partes interconectadas del movimiento es clave en esta lucha, junto con la ridiculización de sus argumentos abstractos. Esto obligará a los “reyes” de la legalización a salir de su cómoda "guerra de posición" para pasar a una peligrosa "guerra de maniobra" que saben no podrán ganar. Debemos siempre rechazar la idea de que la legalización es una mera elección de política pública, y debemos seguir haciendo hincapié en que ésta es una batalla moral por la vida de nuestros hijos y por el alma de una sociedad buena. La guerra de la cultura puede ganarse, pero solamente si conocemos al enemigo.

 

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Bibliografía y fuentes de consulta:

 

Según el agente especial de la DEA, Roques, Eric E. Sterling le brindó esta información a Elders. Sterling es coordinador de la National Drug Strategy Network (Red Nacional de Estrategia contra la Droga) y presidente de la Criminal Justice Policy Foundation (Fundación de Políticas de Justicia Penal) con sede en Washington, D.C. El hecho de que la Drug Strategy Network está a favor de la legalización es indiscutible y ha sido confirmado por Steven B. Duke en America' s Longest War (La guerra más larga de Estados Unidos) (New York: 1993) p. 275. Antonio Gramsci describe al "sentido común" como la manera tradicional y popular de ver al mundo. Ver su publicación The Modern Prince in Prison Notebooks (Cuadernos del príncipe moderno en prisión) (International Publishers: 1971) p. 134, 197. Según David Forgacs en su publicación An Antonio Gramsci Reader, (New York: 1988) existen elementos de verdad y falsedad en el sentido común que deben ser contrapuestos en la lucha por una contra-hegemonía p. 421.

 

Para leer las posturas de Gramsci sobre "Guerra de maniobras” y “Guerra de posiciones” ver:

 

Forgacs, pp. 224-228.

 

Para leer la declaración de normas de legalización en los Países Bajos, ver:

 

Arnold Trebach and Eddy Engelsman "Why Not Decriminalize?"

"The Dutch Model" en New Perspectives Quarterly (Verano 1989) pp. 40-5.

"Drug Floodgates Open, Inundating the Dutch," New York Times (20 de abril, 1994).

"Soft Drugs, Hard Time for Policy Gone to Pot," The Guardian (9 de marzo, 1993]

 

Para leer sobre el lugar que ocupan los Países Bajos en la red internacional de narcotráfico, ver:

 

Claire Sterling, Thieves' World (New York: 1994).

"Swiss Back Crackdown on Illegal Immigrants," New York Times (5 de diciembre, 1994) ," Heaven or Hell--Report from Zurich 1994"

Daniel M. Perrine, European Cities Against Drugs (7 de noviembre 1994)

"The View from Platform Zero: How Holland Handles its Drug Problem," America (5 de octubre, 1994) pp. 9-12.

 

Para leer sobre respuestas del alcalde de Baltimore, Kurt Schmoke, ante los argumentos de la legalización, ver:

 

"Drug Legalization--Catastrophe for Black Americans" Sesión ante el Select Committee on Narcotics Abuse and Control (Comité selecto para abuso y control de narcóticos), Casa de los Representantes, viernes 16 de septiembre de 1988.

 

Mis resúmenes sobre los argumentos de la legalización fueron extraídos de:

 

Arnold S. Trebach and James A. Inciardi Legalize It? (Washington D.C. 1993), Rod L. Evans and Irwin M Berent, eds.

Drug Legalization: For and Against (La Salle, Il: 1992),

 

Los panelistas de la conferencia en la Drug Policy Foundation y la gran cantidad de artículos de periódicos y revistas sobre el tema:

William A. Donohue Twilight of Liberty: The Legacy of the ACLU (New Brunswick, NJ: 1994) p. 255.

 

Para obtener más información sobre los efectos del opio en la población china, ver The Chinese Opium Wars (London: 1975) de Jack Beeching's

 

"Use of Drugs by Teenagers 'Getting Worse'" Washington Post (13 de diciembre, 1994) A17.

Evans and Berent, eds. Drug Legalization: For and Against p. 226.

El congresista Frank fue un disertante destacado en la VII Conferencia Anual de la Drug Policy Foundation. Durante su discurso, mencionó que los “legalizadores” no deben auto-engañarse con respecto a la popularidad de la legalización entre la población en general; los electores rechazan la despenalización y no habrá apoyo por parte del congreso para tomar medidas de legalización a menos que haya un cambio radical en la opinión pública.

 

Me lo informó el periodista Leo Scanlon, mediante una entrevista telefónica, el 1º de diciembre de 1994.

Según la literatura de la DPF, Richard Dreyfuss actuó como moderador en un foro público llevado a cabo en Beverly Hills durante el pasado mes de julio. En esta oportunidad se cuestionó la validez de la prohibición de drogas. De todos modos, él no está a favor de la legalización. En una entrevista de mayo de 1993 con The Progressive afirmó que tenía una postura ambivalente con respecto a la legalización. "Podría llegar a ser la sentencia de muerte para nuestra personalidad nacional". (Mayo 1993) p. 34.

 

"Everything You Always Wanted to Know About the Drug Policy Foundation," [n.d.] Drug Prevention Newsletter Committees of Correspondence.

"Cato Institute's Influence Grows in Washington As Republican-Dominated Congress Sets Up Shop," Wall Street Journal (14 de diciembre, 1994) A16.

"The Legalization of Drugs" by David Boaz, ponencia en el Drug Policy Forum, Washington D.C. 27 de abril de 1988.

Vital Speeches of the Day (15 de mayo, 1988) p. 658.

Doug Bandow, " Mandatory Minimum Terms Short on Justice," The Detroit News (3 de septiembre, 1991) A6. William A Donohue The Politics of the American Civil Liberties Union (New Brunswick, NJ: 1985) pp. 280-81.

Bernard Weinraub, " David Geffen: Still Hungry," The New York Times Magazine (2 de mayo, 1994) p. 28, 40.

Cynthia Cotts, "Smart Money" Rolling Stone (5 de mayo, 1994). El artículo de Cotts, aparentemente un reportaje, era extremadamente favorable hacia el movimiento de la legalización. Su data decía simplemente que ha cubierto temas sobre drogas para The Nation y The Village Voice. También debería haber dicho que es parte del personal de la Drug Policy Foundation. Ibid.

 

El profesor de Harvard, Mark Kleiman, quien apoya la legalización, afirmó en un artículo sobre la DPF: "La DPF ha sido realmente efectiva en la continuación de la lucha contra la droga. Han propuesto que se elija entre la legalización o la guerra contra la droga y eso hace que la decisión de los estadounidenses sea fácil: Están en contra de la legalización". En otras palabras, el apoyo de Soros puede ser un esfuerzo para lograr que la DPF entre en la guerra de la posición.

 

Brendan Murphy, " The Unifying Theme,"Atlantic (Julio 1993) p. 28.

Lyle Crowley, "George Soros" The New York Times Magazine (3 de abril, 1994) p. 28.

OSI Report (Verano 1994). George Soros "The Soros Foundations Network" (Febrero 1994) p. 8.

Crowley, "George Soros" p. 28. "The Man Who Moves Markets," Business Week (23 de agosto, 1993) pp. 50-1.

"George Soros--Talkative," The Economist (7 de agosto, 1993) pp. 66-7.

Crowley, "George Soros" p. 28. Ver Ethan A. Nadelmann "Thinking Seriously About Alternatives to Drug Prohibition," Daedalus (Summer 1992)

"Should We Legalize Drugs? History Answers. Yes." American Heritage (Febrero/ Marzo 1993).

Ethan A. Nadelmann, "Global Prohibition Regimes: The Evolution of Norms in International Society" International Organizations (Agosto 1990) p. 483-525.

Mathea Falco, " Foreign Drugs, Foreign Wars," Daedalus (Verano 1992) p. 10.

Joseph D. Douglass, Jr. Red Cocaine (Atlanta, GA: 1990) pp. 1-2.

Joseph J. Romm, Defining National Security (New York: l993) p. 14. Es parte de una serie intitulada "The Pew Project on America's Task in a Changing World."

Jorge G. Castaneda y Robert A. Pastor, Limits of Friendship: The United States and Mexico (New York: 1988) p. 253. El trabajo de Castaneda para este libro fue financiado por el Carnegie Endowment for International Peace, Pastor de una fraternidad Fulbright. p. ix-x.

Dos ejemplos del tema “derrotista” son:

 

Kate Doyle, "The Militarization of the Drug War in Mexico," Current History (Febrero 1993) and

Donald J. Mabry, ed. The Latin American Narcotics Trade and U.S. National Security (Westport, CT.: 1989)

 

Fuentes adicionales:

 

Rensselaer, Lee III, The White Labyrinth: Cocaine and Political Power (New Brunswick, NJ: 1989) p. xvi. Ibid., p. 243.

Gustavo de Grieff, "The Coke King Compromise," Washington Post (13 de marzo 1994) C1.

Entrevista telefónica con James A. Inciardi, 30 de noviembre, 1994.

The Geopolitical Drug Dispatch (Noviembre 1994) p. 3.

Sobre Valle, ver Daniel James "Narcodemocracy Menace?" The Washington Times (15 de noviembre, 1994)

Para leer sobre la adicción en latinoamérica ver "U.S. Bound Cocaine Increases Drug Use Among Mexicans," Washington Post (21 de octubre, 1994) A31.

 

Ver también: Lee, The White Labyrinth p. 108.

Steven B. Duke and Albert C. Gross, America's Longest War (New York: 1993). En la VIII Conferencia anual de la Drug Policy Foundation, el profesor Duke se sentó en el panel presidido por el congresista Frank. Duke admitió que había sido profesor de los Clinton cuando estudiaban en Harvard, pero luego de eso “nunca se le hicieron consultas”.

 

Entrevista telefónica con el periodista Leo Scanlon, 1º de diciembre 1994. Ibid., p.p 157-8.

Myron Magnet, The Dream and the Nightmare: The Sixties Legacy to the Underclass (New York: 1993).

Charles Gandee " Under the Influence," Vogue (Marzo 1994).

Ethan Nadelmann and Jann S. Wenner " Toward a Sane National Drug Policy," y Anthony R. Lovett, "Wired in California" Rolling Stone (5 de mayo, 1994) pp 24-26, 39-40.

Herbert Buschbaum "Where Do You Stand?" Scholastic Update (6 de mayo, 1994) pp. 8-11.

Michael Medved, Hollywood vs America: Popular Culture and the War on Traditional Values (New York: 1992) p. 337.

Richard Grenier, Capturing the Culture (Washington, D.C.: 1991) pp xliv, xlv.

How to Hold Your Own in the Drug Legalization Debate, Departamento de justicia de los Estados Unidos, documento no publicado, 1994. En la VII Conferencia anual de la Drug Policy Foundation, Arnold Trebach hizo varias referencias alegres al título del documento. Según el agente especial de la DEA Wayne Roques, sin embargo, muchas personas dejaron el F.A.M.M. porque sospechaban que era una pantalla para hacer lobby a favor de la legalización.

 

Conversación telefónica, 16 de diciembre 1994. McIlhany The Tax Exempt Foundations (Westport, CT: 1980) p. 171.

Patrick Murphy " The War on Drugs is Over (Drugs Won): What to Do Now," Washington Post (4 December 1994) C3.

McIlhany The Tax Exempt Foundations, p. 174.

Rachel Ehrenfeld " Retreating in the War on Drugs," Washington Times (28 de febrero, 1995) Ehrenfeld hace notar que las fundaciones Ford y MacArthur también han financiado proyectos en contra de la legalización.

Enrique Rueda The Homosexual Network (Old Greenwich, CT: 1982) pp 402-3.

 

Para informarse sobre las conexiones entre la red de homosexuales y la educación sexual, ver

Jacqueline Kasun, The War Against Population (San Francisco, 1988) pp 95-114.

Steve Taravella "Healthcare recognizing gay and lesbian needs," Modern Healthcare (9 de noviembre, 1992) pp. 33-35.

Leo Strauss " What is Political Philosophy?" The Journal of Politics (Primavera 1958)